Hoy es el cumpleaños de una de las personas más importantes de mi vida, mi abuela Juana.
Ya no está físicamente, pero su energía y todo lo que que viví y aprendí de ella está presente en mí todos los días.
Nació un día 13, desde muy pequeña se encontró con una de las situaciones a las que este número te enfrenta, la pérdida.
Con 3 años su madre murió…y más tarde, mi abuelo murió cuando mi madre tenía 3 años… pero ella nunca se quedó en lo que había perdido, fue fiel a su identidad 4, constructora, trabajadora… y a su deseo 1, emprendedora, independiente…
Su fuerza me acompaña, la siento…
Pero durante un tiempo negué esta fuerza en mí de forma inconsciente.
Mi segundo nombre es Juana, y no lo utilizo.
No pasa nada por ello, pero otra cosa es negarlo, o que te dé vergüenza.
Y cuando era adolescente me daba vergüenza que supieran que me llamaba también Juana.
Entonces no sabía el motivo de este rechazo al nombre, y más teniendo en cuenta que adoraba a mi abuela, ahora lo entiendo.
Rechazaba de forma inconsciente lo que significa el nombre, esa fuerza… y al hacerlo, esta fuerza estaba en sombra, rechazada, no aceptada…
Una fuerza que está en su palabra, su capacidad de acompañar, de cuidar, de estar ahí, de contener, nutrir, guiar,…atreviéndose a ser ella misma, a mostrar su identidad…lo que representa el número 11.
Y como me diría mi abuela: “así te van a poner huevos las gallinas” 😉
Es decir, sin aceptar esa fuerza, no estaba completa…a pesar de que la tuviera, pero estaba rechazada.
¿Por qué? Porque me daba miedo esa fuerza que viene de la sensibilidad, del cuidado, de la cercanía, del “par” en todas sus formas…
Hoy sigo sin utilizar el nombre de Juana, no porque lo rechace, sino porque me gusta llamarme únicamente Virginia.
Ya no está en sombra lo que implica el nombre de Juana, y por lo tanto, esta fuerza no está oculta, la acepto.
Aquello que rechazamos está llamando a nuestra “puerta” para que lo incluyamos, lo abracemos… sino no estaremos completos…y por lo tanto, no estaremos plenos.



